octubre 06, 2011

Reseña: Conan The Barbarian

Para quienes crecimos en los 1980s y tuvimos oportunidad de ver la versión de Conan the Barbarian de John Milius, la primera de dos películas del personaje estelarizadas por el gobernator, Arnold Schwartzenegger, la idea de un remake era una noticia recibida con sentimientos encontrados. Por un lado la idea de volver a ver aventuras del poderoso guerrero cimeriano en la pantalla grande siempre será atractiva, pero por el otro está el largo historial que tienen los estudios hollywoodenses de aprobar proyectos sin la adecuada planeación o poniéndolos en manos de guionistas y/o directores que no resultan la mejor elección.

La película finalmente fue desarrollada por Lionsgate, quienes tomaron la mala decisión de seleccionar a Marcus Nispel como director del proyecto. Nispel es un director con poca experiencia, siendo ésta apenas su cuarta película para cine.

De sus anteriores tres proyectos dos fueron remakes y fueron bastante malos, habiendo sido responsable de las re-versiones de The Texas Chainsaw Massacre (La Masacre de Texas) y Friday the 13th (Viernes 13). Considerando que su no-remake, Pathfinder (Conquistadores), cinta de Vikingos que en su momento comenté aquí, tampoco es buena, no queda más que concluir que no se trata de un buen director.

Estrictamente hablando, Conan the Barbarian no es un remake. Comparte con la cinta de Milius el título y se supone que toma como base e inspiración las historias del personaje escritas por su creador, Robert E. Howard, aunque honestamente lo único que toma son nombres de personajes y lugares y después juega libremente, aunque con muy poco juicio, con algunos elementos comunes en esas historias.

Conan es originario de las planicies de Cimeria, tierra ubicada al norte de lo que un día será Europa. Nacido durante una batalla, Conan es un guerrero nato, destacado por su bravura desde temprana edad. Cuando su aldea es arrasada por las fuerzas de Khalar Singh (Stephen Lang), un conquistador con aspiraciones de encontrar las piezas de una mítica máscara que le dará el poder de un Dios, Conan, entonces un adolescente, es el único sobreviviente. Desde entonces se ha dedicado a recorrer el mundo, sobreviviendo como mercenario, soldado y pirata, en busca de pistas que lo llevan a encontrar al asesino de su padre y destructor de su aldea.

Ya como adulto, Conan (Jason Momoa) finalmente encuentra pistas sobre el paradero de Khalar Singh, y al buscarlo se encuentra con Tamara (Rachel Nichols), una monja que es buscada por el conquistador pues su sangre es parte de lo que Khalar y su hija, Marique (Rose McGowan) necesitan para completar el ritual que lo hará todopoderoso. La atracción entre ellos y su necesidad mutua de enfrentar a Khalar los convierte en compañeros de aventuras y algo más.

La película tiene un muy buen comienzo, pero en la parte intermedia cae en un bache narrativo que la hace lenta y sin dirección, pero lo peor es el último tercio de la película, pues recurre a un cliché tras otro, deteniéndose de cuando en cuando para ofrecer una secuencia de acción, las cuales son bastante disparejas, aunque mayormente salen bien libradas pese a no haber una sola que llegue a ser memorable. Lástima de guión y dirección, porque el diseño de producción y vestuarios, además de las actuaciones, hacen pensar que un poco de trabajo en el guión y un director más capaz pudieron haber hecho algo mucho mejor con el material.

Momoa hace una convincente versión del mítico guerrero cimeriano, reminiscente por momentos de la versión hallada en comics clásicos de los 1970s. McGowan y Lang son una delicia como villanos, lo que hace aún más lamentable la forma en que son desperdiciados. Nichols hace lo que mejor sabe (lucir sexy como damisela en peligro), y Ron Pearlman, quien interpreta a Corin, el padre de Conan, nos deja deseando que hubiese tenido una mayor parte en la historia.

Al final, Conan the Barbarian no es tan mala película como se pudiera pensar, pero se trata de una película perfectamente olvidable pese al buen trabajo y dedicación de algunos de los involucrados. Creo que esa sensación de que un poco más de esfuerzo, sobre todo en el guión y en la edición, hubiese bastado para hacerla mejor es lo que deja tan mal sabor de boca. Solo para quienes no tengan nada mejor que hacer en una tarde de domingo.
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