diciembre 24, 2005

Historias de Navidad

A lo largo de muchos textos publicados tanto aquí como en La Hoguera, debe hacerse evidente el poco interés que me despiertan las costumbres religiosas y eso incluiría por default a la Navidad. Sin embargo, y como consta en el más reciente post en La Hoguera, suelo aplicar algunas excepciones.

Además, los recientes posts navideños de Rod (son diez en su blog, uno en Quinta Dimensión, y un bonito cuento de navidad en Fried Synapses... háganse un favor y vayan a leerlos, no se arrepentirán) me han llevado a recordar muchos buenos momentos que he vivido en estas fechas y de los cuales me gustaría escribir un poco ahora, aquí sentado matando el tiempo mientras se llega la hora de cenar y abrir los regalos. Además acabo de recibir un mensaje que me puso de muy buen humor, así que... primero un poco de antecedentes.

Mi madre nació en una de esas familias gestadas cuando aún no había televisión, así que eran nueve hermanos. Nosotros vivíamos justo al lado de mis abuelos y mi madre fue la primera en casarse. Yo fui el primer nieto y primer sobrino para esos vecinos. Aten cabos y traten de imaginarse lo feliz que puede ser un niño rodeado de una vasta familia en época de regalos. Independientemente de los regalos, de los cuales no puedo recordar un sólo año en que pudiera quejarme, ni de los recibidos de mi familia ni de los dejados por Santa Claus o los Reyes Magos (ventaja de crecer en una familia abierta al mestizaje cultural -best of both worlds). Juguetes, ropa, juegos de mesa, montables, golosinas y chocolates, idas al parque y/o a la tienda, paseos en moto... realmente no se me ocurre nada más que pudiera haber deseado.

Además vivíamos en una privada cerrada al tránsito vehicular así que mis vecinos y yo contábamos con un patio de juegos gigantesco. Durante diciembre todas las calles eran adornadas con faroles, serpentinas y toda clase de adornos de papel proporcionados por los dueños de aquellas casas: la Fábrica de Papel Loreto. Todos los vecinos eran obreros y empleados de la fábrica, así que la convivencia no tenía comparación. Las posadas se realizaban en base a la cooperación de todos, resultando en enormes fiestas con cientos de invitados donde se cantaban las letanías, se pedía posada, repartían cacahuates y colaciones, el ponche y los bocadillos no faltaban y serompían piñatas, muchas piñatas. Después seguían horas de juegos, plática y convivencia que se prolongaban hasta la madrugada. Ocho días seguidos.

Llegada la novena posada había un ligero cambio, pues esta ya no se hacía en conjunto, sino que cada familia hacía la suya. En mi caso esto significaba ir a casa de mis abuelos junto con mis tíos (algunos ya casados y con hijos) y pasar la noche todos juntos, siguiendo todos los rituales tradicionales de Nochebuena (mi desencanto con la iglesia y la religión vendría hasta muchos años después). Después de arrullar al niño Jesús cenábamos todos juntos, intercambiabamos regalos y conviviamos alegremente por un rato. Después cada quien a dormir a su casa y esperar la mañana siguiente.

La mañana de Navidad también era algo especial. Desde el despertar para ver que había al pie del árbol, abrir los regalos y salir a jugar con ellos (para aprovechar y presumirselos a los vecinos, claro). La privada se llenaba de niños con juguetes nuevos y toda la mañana era como una gran fiesta infantil. Por la tarde una vez más se reunía toda la familia en casa de los abuelos para el imprescindible recalentado.

Lamentablemente las cosas fueron cambiando al pasar de los años. Hubo cambios en la fábrica, incluyendo algunos de personal, algunas personas, como mi abuelo, se jubilaron y tuvieron que mudarse. Otros emigraron de la ciudad o cambiaron de empleo. Poco a poco se fue rompiendo el núcleo de vecinos de tantos años y las tradicionales posadas comunales se fueron haciendo cada vez más pequeñas y mas escasas. La situación económica también influyó. La fábrica ya no repartía tantos adornos y las familias trataban de cuidar más su gasto. Nosotros nos mudamos fuera de la privada, a la calle adyacente. La casa era más grande y espaciosa pero el gigantesco patio y mis amigos vecinos ya no estaban ahí. En mi casa empezaban los problemas que llevaron a la separación de mis padres cuando yo tenía ocho años. Pero de eso ya escribí antes.

Después de mudarnos a casa de los abuelos las cosas cambiaron mucho. De los problemas con mi abuela también ya he escrito antes y ahora no deseo ahondar en el tema. Sin embargo, durante las fiestas de fin de año parecía darnos una tregua. Igual que antes venían todos los tíos con sus familias de visita y cenábamos todos juntos. En ocasiones, sobre todo cuando hacía frío, encendíamos una fogata en el patio y pasábamos horas platicando alrededor de ella. Pero eso tampoco duró mucho. Al pasar los años cada unidad familiar parecía separarse cada vez más. En ocasiones íbamos todos de visita a casa de algunos tíos y ahí cenábamos todos juntos. Pero otras veces cada quien cenaba por su lado, sólo se intercambiaban visitas el 24 o 25 y se repartía el sobrante de las cenas de cada quien. Hasta el recalentado perdió su encanto.

Después de la muerte de mi abuelo la separación se hizo más evidente y jamás hemos vuelto a cenar todos juntos. Incluso las visitas mutuas se han hecho más escasas y los intercambios de regalos y comida se dan sólo de manera esporádica. Personalmente no es algo que me moleste demasiado. Ceno y convivo con mi familia, evitamos a muchos parientes con quienes tengo diferencias ideológicas y personales y nos la pasamos muy a gusto. En Navidad nos visita un tío, con quien no tengo absolutamente ningún problema y con quien todos nos llevamos muy bien, almorzamos el recalentado y, desde hace algunos años, por la tarde voy a casa de Maricarmen Sillas, la madre de Fate, quien por alguna razón decidió abrirnos las puertas de su casa y de su corazón a la docena de sátrapas amigos de su hijo.

Convivimos, conbebemos, pero muy especialmente, nos alimentamos como si se tratase de la Ultima Cena. El recuento de los daños es como para asustar a la gente (no se diga a nutriólogos y dietistas), y se trata de una surrealista reunión de una familia peculiarmente disfuncional (quienes además constituyen el grueso de lectores de estas líneas).

E independientemente de mi desinterés por las celebraciones religiosas que dieron origen a estos días de fiesta, esa reunión es para mí la mejor razón en el mundo para celebrar la Navidad. Asi que ¡FELIZ NAVIDAD A TODOS! y nos vemos mañana.
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