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febrero 22, 2011

Reseña: Black Swan

Hace apenas un puñado de años yo estaba listo para creer que Darren Aronofsky ya había dado todo de si en el cine. Tras un relampagueante ascenso a la fama en base a dos películas profundamente personales y oscuras: Pi (El Orden del Caos) y Requiem for a Dream (Requiem por un Sueño), su carrera tuvo un duro tropezón con la ambiciosa pero malograda y accidentada The Fountain (La Fuente). Cuando escribí mi reseña de esa película comenté que me parecía que el director había perdido la fuerza motivadora detrás de su trabajo, pues las herramientas técnicas y narrativas seguían ahí y en gran forma, pero la película se sentía hueca, sin vida.

Supongo que él mismo sintió algo similar, pues su siguiente proyecto, The Wrestler (El Luchador), fue uno con un enfoque más personal y menos cósmico, y en cual puso a trabajar lo aprendido en sus primeras películas y dejando de lado cualquier parafernalia innecesaria en lo referente a efectos visuales y/o al estilo de frenética y estridente edición que caracterizaron sus trabajos anteriores. Con Black Swan, Aronofsky da otro paso adelante al mezclar lo mejor de los dos mundos.

Black Swan (El Cisne Negro) hace con el mundo del ballet profesional algo similar a lo que The Wrestler hizo con el de la lucha libre, echando un vistazo a la crudeza que se esconde detrás del glamour y analizando una historia de alguien dispuesto a sacrificar cualquier otra faceta de su vida con tal de destacar en su propio arte.

La protagonista, Nina Sayers (Natalie Portman), es una bailarina perteneciente a una compañía neoyorquina que se apresta para iniciar una nueva temporada de presentaciones en el prestigioso Lincoln Center, y para quien pronto se abre una ominosa posibilidad, pues el director artístico de la compañía, Thomas Leroy (Vincent Cassel), ha decidido que es hora de revitalizar su espectáculo y para ello ha estado trabajando en un montaje nuevo y diferente de El Lago de los Cisnes, y ha decidido que elegirá a una nueva bailarina para llevar el protagónico de la puesta en escena, descartando y prácticamente forzando al retiro a Beth McIntyre (Winona Ryder), la antigua prima ballerina de la compañía.

Nina es una de las bailarinas más dedicadas de la compañía y, de acuerdo con el propio Leroy, es la candidata ideal para interpretar a Odette, el cisne blanco. Sin embargo, su afán perfeccionista, su forma tan controlada tanto de comportarse como de bailar, no van bien con los requerimientos del papel, pues necesita interpretar también a Odile, la gemela malvada de Odette y quien da nombre a la película, el cisne negro.

Leroy comienza a presionar a Nina para que esta aprenda a relajarse, a soltarse y dejar de buscar la perfección técnica en cada uno de sus movimientos. La relación entre ambos está cargada de una fuerte atmósfera sexual, pues además se da a entender en varios momentos que Leroy acostumbra involucrarse con sus estrellas y sus constantes provocaciones a Nina parecen encaminadas tanto a incitarla a que se suelte como a seducirla. Nina vive con su madre (Barbara Hershey), una bailarina retirada, quien la cobija y protege de manera excesiva, siendo en buena parte responsable por la contenida y fría personalidad de Nina.

Para complicar aún más las cosas a Nina aparece Lily (Mila Kunis), una bailarina nueva en la compañía recién llegada de San Francisco y quien para fines prácticos es todo lo opuesto a Nina: extrovertida, sensual, atrevida. Nina parece sentirse facinada por esta nueva competidora, probablemente porque más que ver su presencia como un reto o valorarla como su posible competencia, para ella representa un recordatorio de sus fallas y carencias, de lo que necesita llegar a ser para poder interpretar a los dos cisnes tal y como Leroy lo desea.

La película funciona en muchos niveles y aún a pesar de lo complejo de su estructura nunca pierde ritmo ni se siente pesada. Aronofsky construyó una pieza que narrativamente parece hacer ecos de la historia de El Lago de los Cisnes y la ilustra con toda clase de contrastes visuales, saltando de hermosas secuencias de ballet a crudas escenas de violencia y destrucción mientras la psicosis de su protagonista la va consumiendo.

La actuación de Natalie Portman es extraordinaria y se entiende porque ha ido arrasando con todos los premios para los que se le ha nominado y también porque se le considera como la gran favorita para llevarse la estatuilla dorada en la próxima entrega de los Oscar.

Black Swan no es una película perfecta, y creo que esa es precisamente parte de su encanto. Darren Aronofsky es de nueva cuenta una voz diferente en medio de un Hollywood cada vez más genérico y uniforme y ese solo hecho es digno de agradecer. Muy recomendada.

marzo 11, 2009

The Wrestler

Hasta hace un par de años Darren Aronofsky era el más polémico de los directores de cine jóvenes trabajando en la industria. Su frenético estilo de dirección y edición en películas como π (π: El Orden del Caos) y Requiem for a Dream (Réquiem por un Sueño) hacían de él uno de los realizadores más interesantes, al menos en el aspecto visual. Luego vino un largo periodo de inactividad, en el cual se involucró en un largamente criticado y eventualmente abortado proyecto de Batman en el que estaba colaborando con Frank Miller, y entonces vino The Fountain (La Fuente de la Vida), misma que representó, al menos para mi, una profunda decepción.

Y tal vez al mismo Aronofsky le hacía falta un revés de crítica y popularidad como ese para volver a enfocarse en su trabajo. The Wrestler, su más reciente trabajo, ha sido recibido con una aprobación casi unánime tanto de público como de crítica, además de convertirse en el tema de moda por haber servido de vehículo para la resurrreción de la carrera del casi olvidado Mickey Rourke.

The Wrestler cuenta la historia de Randy "Ram" Robinson, un luchador profesional que ha dejado atrás sus mejores años. Randy sigue luchando a pesar de los achaques naturales del tiempo y la edad, al menos hasta que un ataque cardiaco lo hace poner su vida en perspectiva, intentando hacer una vida lejos de los cuadriláteros, buscando la reconciliación con su hija (Evan Rachel Wood) y tal vez una vida normal al lado de Cassidy (Marisa Tomei), una stripper que también vislumbra el final de su vida profesional. La historia resulta exageradamente simple en términos narrativos y, para ser honestos, el guión es tan convencional que abundan los clichés y los diálogos fáciles y predecibles a lo largo de toda la película. Y aún así resulta casi imposible apartar los ojos de la pantalla.

No es ningún secreto que la verdadera fuerza detrás de The Wrestler es la interpretación de Mickey Rourke, y es imposible no especular sobre que tanto de si mismo veía el actor en el personaje. Boxeador en su juventud, convertido en actor en los 1980s, Rourke tuvo unos cuantos años de fama antes de ir quedando relegado al olvido, trabajando desde hace muchos años en modestos proyectos y viviendo mayormente de su gloria pasada. Tal vez ese reflejo de si mismo le permitió apropiarse por completo de la esencia de lo que debía ser "Ram" Robinson y ofrecer una actuación memorable, merecedora de los premios recibidos y también de la nominación al Oscar.

También resulta destacable el cambio de estilo con que Aronofsky enfrentó esta película. Sin tomas rebuscadas ni edición relampagueante, Aronofsky logra rodear a su protagonista de un ambiente de soledad y nostalgia que ayuda a que el espectador sienta al personaje, a que sufra con él incluso cuando está sobre un ring de lucha ofreciendo líneas tan comunes como "aquí me golpean, pero solo allá afuera me lastiman". No me parece nada espectacular, pero la efectividad es innegable. Ojalá sea el respiro que el joven realizador necesitaba para retomar el rumbo.

The Wrestler es una emotiva película que puede llegar a molestar a algunos espectadores, ya sea por la aparente simpleza de su historia o incluso por el tema de la misma. En cambio, si alguna vez les ha interesado la lucha libre, su atractivo se duplica. Personalmente la recomiendo bastante.

marzo 25, 2007

The Fountain

The Fountain es la largamente retrasada y esperada cinta del director Darren Aronofsky. Originalmente, en el 2002, The Fountain sería una película con un presupuesto de 75 millones de dólares y tendría a Cate Blanchett y Brad Pitt en los papeles protagónicos, pero durante la pre-producción se dieron diferencias creativas entre Pitt y Aronofsky, las cuales provocaron que el proyecto se suspendiera y la productora, Village Roadshow, se desligara completamente del mismo, pese a que para ese momento ya habían invertido casi 20 millones de dólares. Aronofsky re-escribió su guión y consiguió el apoyo de Warner Bros. para completar la cinta, cuyo presupuesto final fue de 35 millones de dólares. Para conseguir el apoyo del estudio Aronofsky convenció a Hugh Jackman de tomar el protagónico por solo una parte de su salario regular, y una vez asegurada la continuidad del proyecto llamó a Rachel Weisz para sustituir a Blanchett.

Por ese entonces (principios del 2004) Aronofsky y Weisz estaban empezando una relación sentimental. Desde entonces viven juntos y tienen un hijo de casi un año. Menciono este dato por una discusión entre amigos sobre que había fallado con The Fountain y a mi se me ocurrió mencionar que podría ser el resultado de trabajar con la esposa/pareja -lo cual fue en relación a una broma que traemos de un tiempo atrás sobre porque Woody Allen ya no hace tan buenas películas como antaño. Normalmente comentamos que la división entre la calidad de sus trabajos se puede contar como antes y después de 1980. A pregunta expresa de alguien, "¿Qué le pasó", se me ocurrió responder: "Mia Farrow", lo que arrancó carcajadas de los presentes. Esa anécdota fue recordada en la sobremesa después de ver The Fountain y preguntarnos que era lo que había salido mal.

Curiosamente, el mayor problema con la historia es que es demasiado ambiciosa. Y me parece curioso porque normalmente el solo hecho de que un director tome riesgos en algún proyecto es algo que aprecio y aplaudo, aún si el intento es fallido. Pero no en este caso. Después de Π y Requiem for a Dream, mis expectativas para el tercer largometraje de Aronofsky eran realmente altas, sobre todo tomando en cuenta lo atractiva que encuentro la idea de hacer una película sobre la inmortalidad, o que para poder hacerla renunciara a trabajar al lado de Frank Miller para llevar al cine Batman: Year One (aún cuando en entrevistas recientes ha declarado que nunca fue su intencíon dirigirla, solo quería escribirla con Miller), cuando había dicho que era un sueño juvenil realizado el poder hacerlo.

Y es que The Fountain no falla porque Aronofsky halla fallado en su intento de plasmar la idea en su cabeza. Más bien me deja la impresión de que a la mitad del proceso de realización perdió el interés o la motivación, o simplemente se dio cuenta de lo ambicioso que era su proyecto y dio marcha atrás, no lo sé. El caso es que The Fountain tiene muchos elementos para pensar que pudo ser algo realmente grande, pero uno se queda con la sensación de que al director le faltaron ganas y decisión para conseguir que así fuera.

Visualmente la película es una joya. La mezcla de técnicas tradicionales para crear los efectos visuales en lugar de recurrir únicamente a gráficos computarizados resulta increiblemente efectiva, creando escenas de gran belleza que por momentos crean la sensación de estar presenciando un sueño. Tristemente resulta ser demasiado como un sueño: una serie de ideas e imágenes inconexas entrelazadas en una caótica sucesión sin un patrón aparente y sin llegar a un lado -al menos no conscientemente. Y peor aún, es como esa clase de sueños que uno despierta recordando vivamente pero es incapaz de describir o entender lo que ocurrió en ellos.

Ni siquiera puedo decir que la película sea mala, porque no lo es. Las actuaciones son competentes -aunque Jackman en algún momento parece canalizar las habilidades histriónicas de Mel Gibson, y no lo digo como elogio-, la fotografía es espectacular, la composición de cuadro y el manejo de cámaras siguen siendo los puntos fuertes de Aronofsky y la música de Clint Mansell interpretada por Mogwai y el Kronos Quartet es poco menos que extraordinaria. Lo que deja como único sospechoso al guión, obra del propio Aronofsky. Me llama la atención el hecho de que lo reescribiera después de que el primer intento de realizarlo se viniera abajo. ¿Lo diluyó? ¿Cambio radicalmente el material? El guión original fue adaptado en formato de novela gráfica por el sello Vertigo, de DC Comics con arte de Kent Williams. No la compré cuando salió porque quería ver antes la película, y supongo que ahora necesitaré conseguirla para salir de dudas, por lo que habré de encargarla proximamente.

Concluyendo, puedo decir que recomiendo ir a ver la película por la experiencia visual y auditiva que ofrece, pero lo hago con la advertencia de que el resultado no es tan profundo como bonito. Lástima. Habrá que ver hacia donde va ahora la carrera de Aronofsky, cuyo próximo proyecto será un drama sobre bailarinas de ballet.