mayo 05, 2010

Clash of the Titans

La versión de 1981 de Clash of the Titans es considerada como un clásico del cine fantástico. Interpretada por un grupo de respetados y veteranos actores encabezados por el extraordinario Sir Lawrence Olivier y representando uno de los últimos proyectos en hacer uso extensivo de animación estilo stop motion de manos de uno de los grandes maestros de la técnica, Ray Harryhausen, es fácil entender que se le considere así.

Sin embargo, al analizarla fríamente, uno se da cuenta de que la historia no es tan buena como pudiese esperarse (o como muchos la recordábamos); que las actuaciones, salvo un par de excepciones, dejan mucho que desear; y que pese a la labor de amor detrás de dar vida a las criaturas, los efectos no han envejecido nada bien.

Y con lo anterior no pretendo iniciar una defensa de la nueva versión de ésta historia, estrenada hace un par de semanas, pues si algo queda demostrado tras ver la versión dirigida por Louis Leterrier, es que el cine fantástico no se trata de efectos especiales o de un montaje espectacular, si no de la creación de personajes y habilidad para contar una buena historia partiendo de un buen guión. Y es precisamente ahí donde ésta versión cae corta de al menos igualar a su antecesora.

Clash of the Titans gira alrededor del mito de Perseo, el semidios griego que desafió a los dioses, pero de una manera aún más libre que la mencionada película de Desmond Davis. Quienquiera que pretenda criticar a la película por no respetar las historias en que está basada, debe hacerlo consciente de que es una crítica aplicable también a la versión de 1981.

Los humanos parecen haberse hartado del desdén y falta de atención con que los dioses ignoran sus plegarias y deciden rebelarse abiertamente, cerrando templos y destruyendo efigies de los dioses. Esto no cae bien en el Olimpo, donde el exiliado Hades (Ralph Fiennes) convence a su hermano Zeus (Liam Neeson) de que es necesario aplicar un castigo a los humanos para recordarles su lugar en el orden universal.

Zeus accede a la sugerencia de Hades y el objetivo de su lección a los humanos será la ciudad de Argos, donde han destruido estatuas y cuya reina insultó a los dioses al afirmar que Andrómeda, su hija, era aún más hermosa que cualquier diosa. Hades les informa que el Kraken, una enorme criatura que descansa en el fondo del mar, será liberado y arrasará la ciudad a menos que accedan a sacrificar a su princesa.

Al lanzar la advertencia descubre a Perseo (Sam Worthington), único sobreviviente de un naufragio provocado por la ira de los dioses, entre los presentes. Revela a todos la verdad sobre el origen del joven pescador: es un semidios.


Tras hablar con Io (Gemma Arterton), una joven hecha inmortal por los dioses, Perseo decide ofrecerse para buscar alguna manera de detener al Kraken, lanzándose en una búsqueda con todos los tintes de una aventura de videojuegos: enfrentar monstruos, hacerse de armas y tesoros, acumular información y aliados, enfrentar monstruos más grandes y más información, enfrentar monstruos más peligrosos y adquirir el arma que le permita enfrentar al Kraken.


El resultado es una película moderadamente entretenida que resulta ideal para matar un par de horas siempre y cuando uno no tenga expectativas de ver algo con sustancia o corazón. Es una película de estudio en toda la extensión de la palabra, hecha con toda la intención de convertirse en el punto de partida de una franquicia y en una excusa para vender productos licenciados.

No recomendada para quienes admiran el trabajo artesanal tan marcado de la versión original ni para los aficionados a las historias clásicas de la mitología, pues su reacción puede ir desde el desprecio y/o indignación hasta la simple decepción de ver otra oportunidad desperdiciada de contar una gran historia.
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